En todos y en todo

Al estar en una situación cualquiera y sea lo que fuere se esté haciendo, la mente repasa lo que supone viene a continuación. Digo supone porque los eventos se suceden espontáneamente y de manera impredecible. Sin embargo, si se ha planificado algo, este posible evento futuro asoma sus narices a todo color. Y puede notarse que eso produce bienestar o bien incomodidad. “Mañana es sábado”: alegría. “Tengo que hacer esto y aquello la próxima semana”: incomodidad. “Viajo en un mes!”: alegría. El hecho es que, cual una película, los eventos parecen sucederse en la pantalla de la mente y de algún modo un tanto incomprensible, suscita emociones y estados de ánimo. Supuestos, sueños, supuestos sueños. Para la mente “esto que está sucediendo ahora” es demasiado trivial, simple, repetido, ordinario y anodino. Aún en vacaciones sueña su sueño. Sí, estamos dormidos la mayor parte del día. En una especie de trance. Viviendo vidas mentales, en aviones de humo y hamburguesas oníricas que no engordan.

Entonces nos enfocamos en un nuevo proyecto. Una nueva meta. Un nuevo deseo: vivir en el ahora. Como si se tratara de encarar este momento como uno entre el pasado y el futuro. Como si se tratase de forzar el mar rojo cual mitico Moisés, generando una apertura en el flujo del tiempo, como jamón entre dos panes. Y sin embargo, este instante, está suspendido en el no-tiempo. En una verticalidad sin un yo que pueda apropiarse o hacer su aparición. No podemos buscar la eternidad en el tiempo. Lo que sea quiera hallar el buscador, será encontrado en su desaparición, esto es, en este instante que llamamos ahora pero que no está en la línea del tiempo. Por ello, si en algo hay que ahondar y sumergirnos es en esto que ya es. 
El yo siempre llega tarde! Un paso más atrás. Comenta y opina sobre lo que ya no está. Cuenta la historia. Relata un evento. Se adueña del acto. Sin ese relato todo es siempre fresco y nuevo. De repente un sobresalto, quizá resultado del estallido de algún petardo, deja al cuerpo en alerta. Luego surge un “me asusté!”, o bien un “que descuidado, eso no debió pasar”…este yo surgiendo con nombre y sesudas opiniones: es el comienzo de un nuevo sueño. Entonces surge la idea que erradicar este yo es el camino, acallar su voz para que podamos ser finalmente felices y lograr la paz. “Si me esfuerzo lo suficiente lo voy a lograr.”
Cómo podría deshacerse un pensamiento? Puede un pensamiento deshacer otro? Un pensamiento “llega” como una carta llega. Le damos nuestra atención o no. Les creemos o no. Nos agrada o sentimos rechazo. Tomamos un conjunto de ellos y armamos un racimo de conceptos como una ristra y decimos que eso somos. Hay algunos pegadizos y otros más elementales. Algunos creíbles y otros descabellados. Si nos llaman elefante rosa o Tigre naranja nos causará risa. Eso no lo creemos. Si nos dicen estúpido o incapaz o genio, al estar apegados a algunas autodefiniciones, nos ofende, enoja o empodera. Una cosa es ver las nubes en el cielo creyéndonos una y otra es ser el trasfondo real sobre el que nubes y mundos aparecen y desaparecen.
Como puede verse, el asunto no radica en deshacer las nubes, hacerlas más bonitas o más apacibles, sino en verlas por lo que realmente son. Y en ser lo que realmente somos. Ser está siendo. Ahora. El tú que crees ser, no lo puede hacer. Es entonces un descubrir, un des-cubrir, para ser lo que siempre SOY. En todos y en todo. 

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