No se queman

Resulta que aveces pongo a cocinar algunas cosas en el horno. De improviso siento un dolor ardiente en la mano izquierda. Me quemé otra vez. Ardor que fui calmando con agua fría. El daño ya estaba hecho. Quedó como una herida expuesta. La deje al aire y esperé a que el paso de los días hiciera lo suyo. Después de un mes queda aún una ligera cicatriz. Yo no tuve nada que ver. Esa herida se fue sanando. Si algo puedo hacer es en todo caso interferir el proceso de curación. Yo no participé ni un segundo en la liberación de sustancias de reconstrucción de tejidos. Yo no orquesté el sin fin de eventos que conducen a la cicatrización. Yo no participe en retirar la mano abruptamente del foco de la injuria. Yo no sé hacer lo que muy sabiamente sabe hacer un cuerpo. Homeostasis. Si la identificación es fuerte puedo aceptar como cierto que “me” quemé, o que ya “me” curé. Pero yo no puedo quemarme. Los fantasmas no se queman. 
  

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Vos…voz?

Que curiosa es ésta voz, que conozco tan bien. Esta voz me “habla”, pero se habla a sí misma. Me lo cuenta todo. Dicta aveces lo que escribo y otras muchas opina sobre lo que surge al escribir. Yo puedo “escuchar” esta voz. Esta voz se viste de mí mismo. Opina de todo y de todos. Enciende las emociones o las apacigua. Cuando voy cercando su dominio, cuando voy creando una distancia, ya no puede esconderse de este mí que la encuentra. Dice:”tengo una contractura que me duele”. Yo escucho. Yo, que no se quien soy, la escucha. Lo correcto sería decir: “este cuerpo aparente tiene una contractura y ese dolor se siente”. Observación. Hola-hola-probando-probando. Yo ya sé que esa voz privada no soy yo, el que es consciente de la voz. La conciencia que soy no tiene mayores problemas con la voz y sus opiniones. Acepta que alguien “habite” la caverna, de otra manera vacía. Un supuesto alguien que es solo una voz sintética. Esa voz que toma un cuerpo y lo juzga siendo ella. Quiere introducir cambios aquí y allá, basándose en lo que considera mejor. Esa voz, para crearse sustancia, repite su nombre invocándose, intentando con ello alguna solidez que la saque de su estado fantasmal. Nada. Espacio. Potencialidad. Eso soy. Esa voz dicta sus labores. Una vez que el cuerpo se enfrasca en la tarea, ella surge con una nueva sugerencia, un listado de cosas para hacer. Pide, opina, dirige, se atemoriza, siempre quiere cosas. Como yo, conciencia, no tengo ninguna preferencia que esté en conflicto con alguna otra, me entrego a esa voz y lo que dice. Esa voz tiene toda una imagen de sí misma que defiende y en esa defensa obtiene solidez. Así se separa y distingue de “otras” voces, tan distintas, tan iguales. Sin la voz ya no hay temor al rechazo. Sin la voz soy libertad sin límites, sin miedo. La voz quiere manipular a las otras voces. Sin la voz, se halla libertad de cada voz. Ya puedo ser “malo”, “tonto”, “perverso”, “poco espiritual”, “demasiado gordo”, “demasiado flaco”, “poco atractivo”, “inútil”…Soy paz. Libertad. Dulzura. Frescura. Ecuanimidad. Espaciosidad sin límites. Eso es lo que está más allá de cualquier voz que quiera decir quien realmente somos. 

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